“Cantinela”, de Marta Mirochnik

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Cantinela

Marta Mirochnik

 

El sonido del despertador parecía decir “hora de levantarse, comienza un nuevo curso”. Medio dormido aún, se acicaló y luego se puso su delantal almidonado, con un monograma en relieve azul que decía: Pablo.

Luego del desayuno, con su valija en la mano marchó hacia la escuela de jornada completa. Una vez dentro del salón, debido a su estatura lo colocaron en el primer banco. La docente a cargo se presentó y les comunicó que mientras realizaran las tareas escucharían música.

El silencio en el que se sumían mientras trabajaban contrastaba con los habituales gritos del alumnado. Sin embargo, para Pablo era imposible quedarse quieto, giraba hacia un lado y hacia el otro para observar todo el aula, su cuarto grado.

Por las tardes, el ambiente escolar adquiría un tono soñador y lleno de encantos. La música folklórica, con pausas alternadas con el sonido rítmico de bombos legüeros, sorprendía la rutina de cualquier oído perezoso.

Pablo, sin embargo, se mostraba distinto. En varias oportunidades estiraba su cuello para mirar hacia el patio, rodeado de enormes maceteros que proporcionaban placer. Sus ojos negros parpadeaban y luego con un resoplido se corría de la frente el flequillo rubio, para seguir trabajando.

Una tarde entregó a su maestra una esquela de sus padres, donde la invitaban a compartir la merienda.

La reunión se concretó y entre los mayores se inició una amena charla. Grande fue la sorpresa de la docente, al escuchar que desde la habitación del niño, provenía la misma música que ella les hacía oír en el aula. En el discurrir de la reunión, cada vez que terminaba la canción, Pablo se levantaba y movía la púa hacia el mismo surco. Así una y otra vez, durante toda la velada.

En una de las veces en que el niño volvía al comedor para merendar, su maestra aprovechó la oportunidad para sugerir un cambio de disco:

– Pablo, ¿tenés algún otro disco para escuchar?

– Sí, tengo muchos, pero este no voy a cambiarlo.

– ¿Y eso por qué?

– Porque es lo mismo que usted nos hace todas las tardes en el salón de clases.