“El encebollador”, de Olga Capello

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La tarde llegaba a su fin. Los transeúntes apuraban el paso, llevaban en sus rostros la mirada opaca, había transcurrido otro día en rutinas y repeticiones de gestos inútiles.

El hombre apretaba el sobretodo elegante contra su cuerpo, para protegerse del viento y de la llovizna que desde la mañana,  azotaban sin piedad la ciudad.

Entró en el teatro, buscó un acomodador que le señaló su butaca.

– ¿Por qué tardaste tanto?- preguntó la mujer- el concierto ya empieza.

– Es el maldito contrato con los franceses.

Las luces se fueron apagando con lentitud y un silencio imponente se apoderó  de la sala, que estaba a la expectativa del placer a llegar. El violín instaló sus sonidos tristes, con cadencias nostálgicas. Era un placer escucharlo. El ejecutante era excelente.

Una incomodidad oscura, se fue adueñando de su espíritu. Se le aparecieron  primero figuras  vagas e imprecisas, y luego cada vez más nítidas, hasta formar una escena. El tiempo del pasado retornó entonces.

Unos niños jugaban en un patio de un internado en la ciudad de La Paz. El piso era de adoquín duro, que lastimaba si por azar alguien se resbalaba. Estaba rodeado de un cerco de jazmines del que emanaba un perfume dulzón y embriagante.

Era el recreo. Los pupilos gritaban, se empujaban, reían, en ese día de sol, ajenos al vendaval  que había empujado  a sus padres al desolado exilio.

Sonó un timbre y el recreo terminó. Debían retornar entonces al mundo infernal de las clases. Sus profesores se les aparecían como dictadores intentando imponerles conocimientos que ellos encontraban innecesarios e inútiles para  la vida.

Odiaban en especial a uno de ellos, el profesor de música. Se llamaba  Hoffner, y era también otro náufrago. Su función consistía en la enseñanza de  canto a los niños, para lo que se ayudaba tocando el violín.

Era de mediana estatura, regordete, con nariz aguileña  que creía disimular con un pequeño bigote y le daba el aspecto de una rata maligna. Su frente estaba siempre perlada de sudor.

– Max, parece que hoy “el encebollador”  se retrasa.

– Ni lo esperes, Peter, ese nunca dejará de venir para amenazarnos con “encebollarnos”

Ambos niños reían con regocijo y despreocupación, aunque se burlaban del maestro al que temían, ya que usaba con frecuencia los castigos físicos, convencido de que era la  manera de lograr una educación mejor. Eran muchos los que al equivocar una nota, habían gemido de dolor por los golpes recibidos en la cabeza, con el arco del violín. Su amenaza era “los voy a encebollar”, frase cuyo origen nadie conocía, así como tampoco su significado. La picardía de los niños lo bautizó entonces, como “el encebollador”

Los alumnos, todavía lejos de las responsabilidades y el dolor de las frustraciones, con las que inexorable el tiempo futuro los iría a atrapar, sólo veían en él su cáscara externa, a veces agresiva e irritable. No  imaginaban, desde su mundo mágico e inocente, que tras sus gestos nerviosos y rápidos, se pudieran esconder nostalgias de amores perdidos, de ilusiones destrozadas.

– Peter, ¿que está haciendo? ¿Qué busca en el piso? Si no se concentra en el canto,    “lo voy a encebollar.”

– Profesor, se me cayó la partitura, y se mezclaron todas las hojas. Creo que perdí la hoja inicial. No sé ni cómo  empezar.

La clase emitió un murmullo de risas contenidas. Sin esperar respuesta,  Hoffner se dirigió hacia él y lo llevó de una oreja al frente.

  • Se queda ahí quieto, sin moverse, ¿me entendió?

La clase descubrió con asombro que esta vez no había amenazado con “encebollarlo”.

Entonces sucedió, Peter con increíble maldad, en un momento, se ubicó detrás del profesor, y se puso a remedarlo en una parodia, mientras éste tocaba el violín acompañando al coro de los niños. El niño había entrecerrado los ojos y una leve sonrisa de éxtasis acompañaba su pantomima. De repente,  un dolor taladró su cerebro. Nunca supo de dónde vino el golpe. Herr Hoffner se había dado vuelta  y le estrelló el violín en la cabeza, mientras bramaba furioso: “te voy a encebollar”. Peter sorprendido pegó un grito que se escuchó en todo el colegio.

Hubo reprimendas, tanto para el alumno como para el profesor, sin embargo, el incidente fue olvidado con rapidez. Pronto llegó el fin de semana largo, debido a las fiestas de Rauschashana. La mayoría de los niños se marcharon a casa de sus padres, menos Peter y unos pocos  compañeros más. Los padres de Peter eran dueños de una heladería, y no podían dejar el negocio en los días en que más se trabajaba, no sólo por el feriado, sino porque estaban en verano, y un verano en especial caluroso. El niño, orgulloso, no dejaba traslucir ningún sentimiento, pero se sentía desdichado y envidiaba a sus compañeros que recibirían felices las caricias y mimos de sus familias.

Vagó por el parque  perdido en su soledad,  cuando una idea estalló como un cohete, en su cabeza. Se vengaría, sí, se vengaría del “encebollador” y lo haría de una manera que nadie nunca podría olvidarlo. Una sonrisa de maldad, desfiguró su hermoso  rostro infantil. Se dirigió decidido hacia el depósito de provisiones del colegio y se deslizó dentro, con sigilo, como un gato.

El patio estaba alborotado y lleno de risas y gritos. Terminadas las pequeñas vacaciones todos habían regresado.

– Peter, amigo, ¿Cómo estás? ¿Te aburriste mucho?

– No, Max, por el contrario, contestó enigmático, estuve muy entretenido.

– Qué sonrisa misteriosa. Contame ¿qué hiciste?

– Más tarde.

 

Herr Hoffner entró decidido a la clase  que lo esperaba como siempre, con recelo y temor. Traía en su mano el  violín reparado. Sobre el pupitre se veía reluciente el estuche que la clase supuso se había olvidado al retirarse.

El profesor pareció también mirar con sorpresa y una sombra de duda se dibujó en su rostro, pero se recompuso y se dirigió a la mesa donde estaba el estuche.

La clase quedó en suspenso, sólo se oía el zumbido de un moscardón, que la frescura del ambiente había atraído. Sin saber por qué, algunas miradas buscaron a Peter. Este, sentado en su pupitre, mostraba una máscara inexpresiva, vacía de toda emoción.

“El encebollador”, intentó abrir el estuche que le ofreció resistencia, lo golpeó y sacudió con fuerza. Su rostro enrojeció y su frente se cubrió de un sudor pegajoso. La clase seguía con atención sus maniobras, y una expectativa de algo siniestro se deslizaba en ella.

Un golpe más fuerte logró que al fin la tapa saltara, o más bien estallara. Se desparramó entonces su contenido: cebollas podridas, a causa del exceso de calor. Estas se estrellaron contra el pizarrón, las paredes, los bancos. Una pasta hedionda, que despedía un tufo insoportable, inundó el aula y pronto los pasillos y las clases vecinas. Peter en su deseo de venganza había robado de la despensa algunas cebollas, ya en mal estado, que había colocado en el estuche del violín.

La clase, liberada de su tensión, produjo una carcajada homérica, incontenible, brutal, como salida de un pandemónium satánico.

Nunca más volvieron a ver al “encebollador” que humillado, renunció.

 

La sala se llenó de largos aplausos entusiastas, que sobresaltaron al hombre.

– Peter, amor, ¿te gustó?

Volvió al presente, despertando como de un largo sueño, donde había regresado al niño que una vez fue.