Retazos 28 a 34

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Retazo 28

Parecía el desfile de la miseria. El carro del botellero llevaba un rotoso y oxidado elástico de cama, un colchón de gomaespuma con lamparones de orín y una heladera sin puerta. Sus ruedas gemían al rodar y sus chirridos eran la música de fondo del pregón: Telleeeee…ro…

Retazo 29

Las antenas trepan, y trepan y trepan.
Han invadido el planeta tierra. Son plantaciones de perfiles metálicos de distintas alturas. Los tensores de alambre que sujetan las estructuras les dan un aspecto surrealista cual si fueran árboles de fúlcreas raíces de otros mundos. Finas y largas agujas se elevan de sus cimeras. Parecen ser los dedos de una mano que implora al cielo por un alma que les de vida.

Retazo 30

El cartel en el frente del negocio decía: FUNERARIA. Adentro, en el salón un reloj muy particular recordaba lo efímera de la vida. No funcionaba a cuerda ni con movimientos, ni con pilas ni con corriente eléctrica. Simplemente, no funcionaba. Para mayor curiosidad no tenía agujas. ¿Acaso la parca tiene hora?

Retazo 31

Absorto, contempló el universo que tenía ante sus ojos. Variado, colorido, impensado para él. Su mujer había vaciado sobre la mesa todo el contenido de la cartera.

Retazo 32

Los colibríes regalan un colorido ballet de seducción y agradecimiento. Lo hacen porque el ceibo se vistió de fiesta, ya que al verde traje de su follaje lo ha recamado con el bermellón de sus flores que semejan tentadoras dulces bocas ofrecidas.

Retazo 33

Sus vidas corrían paralelas. No se podían tocar porque entre ellas habían unos eternos durmientes, nada bellos por cierto y que ni siquiera el raudo caballo de hierra era capaz de despertar. Sin embargo, una esperanza los mantenía firmes: sabían que se podrían tocar en el infinito.

Retazo 34

En la frutera, sobre el centro de la mesa, conversan con animación doña manzana verde contando casi que tornan más roja a la señorita manzanita deliciosa como siempre. La banana y el señor durazno pelón hablan por lo bajo. El melón, muy perfumado, hace notar su presencia. A mí me prefirieron, exclamó el ramo de uvas: ¿qué lo hirieron? Callate, no te oigan, que a mí me tienen bien calada, dijo la sandía.