La explosión del hambre

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Por Bernardo Kliksberg (*)

Se escucha con frecuencia que el coronavirus es un gran igualador. Puede afectar a todos los estratos sociales por igual. La realidad es que no está sucediendo de ese modo. Los más pobres están siendo más impactados y las diferencias son de gran magnitud.

Hay un amplio espectro de disimilitudes que va desde lo más elemental, la posibilidad de poner en práctica la indicación más básica, lavarse las manos con jabón, hasta el acceso a la escuela por internet. La ONU estima que 3000 millones de personas no tienen la opción de tener agua y jabón. Para la gran mayoría de los niños de hogares pobres, la escuela a distancia significa quedar sin educación porque no tienen una computadora. 3900 millones de personas no tienen acceso a internet. En África solo el 12% de las mujeres tienen conexión online. Aún en uno de los países más ricos del mundo, USA, la Comisión Federal de Comunicaciones estimaba (2017) que el 30% de los hogares no estaba conectado.

Modelos de medicina pública y de alta eficiencia, como los de Israel y los países nórdicos, son verdaderos ecualizadores en la etapa curativa, pero los de muchos otros países discriminan a los pobres.

Una de las diferencias más importantes entre la situación de los pobres y los estratos medios y altos es el crecimiento explosivo del hambre.

El Programa Mundial de Alimentos de la ONU (PMA), ha llamado la atención universal sobre que las medidas imprescindibles de aislamiento social adoptadas, están produciendo la destrucción de las economías de supervivencia de los pobres. Hay 135 millones de personas con hambre aguda, y la cifra ascenderá a 265 millones a fin del 2020, casi se duplicará.

Entre los factores que según el PMA están causando esta crisis sin precedentes en el hambre severa se hallan: la pérdida de sus misérrimos ingresos por parte de muchos informales, la caída a pico de los precios del petróleo que está impactando fuertemente a países que viven de su venta como Ecuador, Angola, Nigeria, y otros, el colapso del turismo, el descenso en una de las principales fuentes de ingresos para las familias pobres, y las remesas que les enviaban familiares desde países ricos. El cierre de las escuelas ha significado para 368 millones de niños humildes quedarse sin los alimentos que recibían en ellas. La desesperación por el hambre lleva a cuadros dramáticos como lo que refiere The New York Times. En las áreas marginales de Nairobi, la capital de Kenia, durante una entrega reciente de harina y aceite, la multitud generó una estampida. Muchos fueron heridos y hubo varios muertos. En Colombia los hogares pobres están colgando en sus ventanas ropa roja y banderas, para transmitir que tienen hambre. También hay una protesta social creciente. En Sudáfrica se están sucediendo los saqueos. En el Estado de La Guajira en Colombia, el más pobre del país, los habitantes están bloqueando las carreteras para pedir comida.

La pandemia está de hecho, agravando la situación de los más pobres, agudizando el problema de hambre.

El mundo ha tenido diversos episodios de hambre severa, pero como dice el PMA no hay antecedentes de una crisis de hambre, global y de estas proporciones.

El problema del hambre no es un tema de producción de alimentos, sino sobre todo de acceso a los mismos. La pauperización está poniendo a vastos sectores fuera de la posibilidad de obtenerlos. Se requieren con urgencia vigorosos programas de solidaridad internacional, y mejorar la situación de los países pobres, con medidas prácticas como la condonación efectiva de su deuda externa, pedida reiteradamente por el Papa Francisco y las principales organizaciones internacionales humanitarias.

(*) Bernardo Kliksberg es asesor especial de diversos organismos internacionales.