El año más caliente

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Por Bernardo Kliksberg (*)

El Pantanal, un gigantesco humedal ubicado en el Mato Grosso brasileño, es el ecosistema más rico del mundo. Tiene una gran diversidad de flora y fauna, y es uno de los más valiosos patrimonios biosféricos del género humano. El lugar fue devastado por incendios salvajes durante el 2020, año récord en calentamiento global. El 28% fue semi destruido por el fuego. Fue uno de los efectos del ascenso de la temperatura de la tierra, que convirtió al año pasado, junto con el 2016, en el periodo más caliente desde que se iniciaron las mediciones hace 140 años atrás.

La Administración Nacional de Oceanografía y Atmósfera de USA y el Instituto Copernicus de seguimiento del Cambio Climático de Europa llegaron a conclusiones similares: los últimos siete años batieron los récords previos de calor.

“Tenemos ahora muy claro cuáles son las tendencias subyacentes de largo plazo, derivan de los crecientes gases invernadero volcados en la atmósfera”, expresó Gavin Schmidt, director del Instituto.

Por segundo año consecutivo, el continente europeo experimentó calores excepcionales y sufrió olas de calor mortales. El Ártico y Siberia tuvieron marcas inéditas. La superficie de hielos se redujo en un millón de metros cuadrados en el Ártico, respecto al promedio 1980-2000. Eso trajo más calor que, a su vez, lleva a mayores pérdidas de hielo. En Siberia las elevadísimas temperaturas llevaron a que la vegetación se secara, generando incendios de bosques en gran escala, a su vez emisores de dióxido de carbono, el principal gas invernadero. En una ciudad siberiana, Verjoyansk, la temperatura fue en junio de 100° grados Fahrenheit.

En Sudamérica, y América Central, la magnitud del calentamiento llevó a la multiplicación de incendios y al desastre climático que afectó a El Pantanal.

El aumento del calor es causa central de impactos muy regresivos para la humanidad, como el incremento de las sequías, huracanes, inundaciones, destrucción de especies y las pérdidas de vidas humanas.

Un nuevo informe de la ONU, mostró que las emisiones de gases invernadero, crecieron en un 1.4% por año, entre el 2010 y el 2019. También indica que los responsables son muy visibles. El 1% más rico de la población del globo produce el doble de gases tóxicos, que el 50% más pobre sumado. Para que no siga el deterioro ambiental, deberían bajar drásticamente su huella ecológica. Sugiere el reporte que podrían hacerlo, entre otras vías, reduciendo el desperdicio de alimentos, construyendo, edificios más eficientes en el consumo de energía, usando más transporte público y menos automóviles.

Un punto fundamental es impulsar el reemplazo de energías sucias por limpias. Como lo ha destacado el Papa Francisco en su pionera Encíclica sobre el tema, fuertes intereses económicos lo obstruyen. Esos intereses fomentan asimismo el negacionismo climático.

Hay ejemplos estimulantes de cómo avanzar. Entre otros, Israel usa intensivamente la energía solar, y es líder mundial en depuración de agua. Los países nórdicos encabezan el empleo de energía eólica. Dinamarca es el mayor productor de la misma en el orbe. New York terminó de firmar con Equinor de Noruega, un gran convenio sin precedentes para abastecer sus necesidades de energía eléctrica con turbinas de viento. El Príncipe Carlos de Inglaterra y el gran naturalista David Attenborough, han creado con apoyo de múltiples empresas y prominentes organizaciones, un Premio Mundial anual millonario a la innovación medioambiental, para defender como señalan “un planeta que ha sido empujado más allá de todo limite”.

Urge acelerar cambios en estas direcciones, antes de que sea tarde. La ONU previene que en diez años podrán producirse daños ecológicos irreversibles.

(*) Bernardo Kliksberg es asesor especial de diversos organismos internacionales.