La otra epidemia

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Por Bernardo Kliksberg (*)

Hay avances importantes en la lucha contra el coronavirus. Por ejemplo, en Estados Unidos, el país más afectado del orbe, la gestión de Biden ha multiplicado rápidamente el número de vacunaciones diarias. Los datos de Israel, que se ha convertido en el líder internacional en vacunación y en el “laboratorio” del mundo, con más del 50% de la población con las dos dosis, son muy alentadores. Las vacunas y las restricciones funcionan. La incidencia del virus en la población vacunada, es mínima.

Hay muchísimo por hacer, sobre todo garantizar que la vacuna llegue a los 130 países del mundo en desarrollo, que carecen de ella. Que como pidió el Papa Francisco y la ONU, que “nadie quede afuera”. Junto a esta epidemia hay otra, la “disparada de la obesidad”.

Se estima que hay 2.000 millones de personas con sobrepeso, y 700 millones de obesos. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS) se triplicaron desde 1975, y se quintuplicaron en los niños.

Es una enfermedad de graves consecuencias. Entre otros impactos, es responsable del 35% de los ataques cardiacos, del 55% de los casos de hipertensión, del 90% de los de diabetes 2, y causa más de una docena de canceres. Es la quinta causa de muertes. Perecen por esta epidemia, cinco millones de personas por año. Se pronostica que de continuar las tendencias aumentará no menos de un 30% en las dos próximas décadas.

Es una de las precondiciones desfavorables que aumentan el riesgo de contraer el coronavirus, e influye en su criticidad. Las ciencias médicas expresaron que en muchos casos, hay lo que llaman “sindemia”, que es que el virus interactúa con otras enfermedades preexistentes. Entre las centrales está la obesidad.

Entre las causas que están generando el veloz ascenso de esta epidemia destacaron la prevalencia de los llamados “alimentos basura”, y los altos niveles de sedentarismo.

“Más de la mitad de las calorías que el americano promedio consume vienen de alimentos ultraprocesados, que combinan grandes cantidades de azúcares, sales, grasas y otros aditivos”, indicó el diario The New York Times.

Son los típicos alimentos “fast food”, muy representados por comidas como las gigantescas hamburguesas con papas fritas. Con frecuencia están acompañadas con gaseosas, sin valor nutritivo alguno y que aportan una gran escala de azúcares. Lo mismo sucede en muchos otros países. La OMS viene previniendo que estas dietas son totalmente antisaludables, y pro obesidad. Entre otros aspectos resalta que las grasas ultrasaturadas que se consumen a través de ellas dañan las arterias y acortan la esperanza de vida.

Una propaganda muy agresiva especialmente enfocada en los niños presiona por estos consumos. Combinada con las muchas horas de TV diarias, produce en los niños una “tormenta perfecta” anti salud.

Estudios recientes concluyeron que los alimentos ultraprocesados producen “adictividad”. Las cifras muestran que los más afectados por el sobrepeso y la obesidad son los estratos más pobres. Tienen menos defensas ante la descomunal ola publicitaria, y la dieta saludable como frutas y verde, es más cara.

La obesidad no es un destino inexorable. Se puede enfrentar con políticas públicas que promocionen alimentos saludables, y los pongan al alcance de los desfavorecidos, con restricciones al marketing salvaje, con estímulos a la actividad física regular, y otras estrategias aconsejadas por la OMS.

Así como lo hizo contra el tabaquismo, la sociedad civil debe movilizarse exigiendo políticas regulatorias anti obesidad, responsabilidad social a la industria alimentaria y presionando activamente por cambios de fondo en la situación actual. Está en juego el bien público más preciado, la salud.

(*) Bernardo Kliksberg es asesor especial de diversos organismos internacionales.