Opinión: Desinformación falaz, un riesgo mayor

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(*) Por Bernardo Kliksberg

Una de las mayores revoluciones tecnológicas de nuestro tiempo es la que se está dando en el área de las comunicaciones. El internet cambió todo. Entre otros beneficios inconmensurables, ha permitido compartir universalmente el conocimiento, multiplicando la posibilidad de hacerlo crecer.

En pocos años la “biblioteca universal” se transformó en una realidad. Así, los programas de investigación, pueden conocer todo lo que hay en marcha en cualquier campo y aprovechar a fondo de los nuevos hallazgos, reforzándose entre sí.

Ámbitos como la salud han dado saltos gigantescos. Los pacientes tendrán cada vez más, una ficha personal que acumulará sus datos médicos de toda la vida. Cualquier interrogante, en todas las áreas del conocimiento, tiene información accesible en Google, o YouTube u otras de las grandes redes.

Pero qué pasa si las nuevas tecnologías son utilizadas por organizaciones criminales, o intereses corruptos, que las usan para difundir, “fake news”, e incluso conspiraciones inventadas, creando un mundo ficticio, y apoderándose de las mentes.

Está sucediendo en gran escala. Se llama desinformación. Uno de los centros de estudios de la opinión pública más acreditados del orbe, el Pew Research Center de Estados Unidos terminó de llevar a cabo una encuesta en 19 países avanzados sobre los riesgos mayores que enfrenta la humanidad.

El 75% de la muestra, de 25.000 interrogados, contestó que son el cambio climático, y en segundo lugar, el 70% ubicó a las falsedades online. La percepción de la gravedad del problema era mucho mayor en los sectores con más educación, que en los menos educados.

Las campañas “pro falsedad” han tenido fuertes impactos en temas críticos actuales. Entre otros ejemplos, la lucha contra el coronavirus encontró un contrincante inesperado. La información falaz que negaba toda eficacia a las vacunas, y las acusaba de responder a intereses espurios, presionó para que la gente no las utilizara. La acción logró interrumpir la aplicación de vacunas en Estados Unidos después de haber inoculado a 2/3 de la población.

Durante años las fake news combatieron la existencia del cambio climático y ocultaron el rol de los combustibles fósiles en el envío de dióxido de carbono a la atmósfera. Tras ellas se encontró con frecuencia al lobby petrolero y del carbón.

Una campaña similar se realizó por décadas contra los peligros del tabaco. Los efectos mortales de su ingestión fueron negados por la industria, a través de mentiras continuadas. Una jueza federal americana la condenó por conducta criminal y obligó a las principales compañías a admitir públicamente que habían escondido la verdad que conocían, y la adicción que creaba el cigarrillo, que mata a la mitad de los que fuman regularmente.

Muy activas campañas están infestando las redes con teorías conspiracionistas, antisemitas, racistas, anti minorías, misóginas, que adjudican a los sectores atacados la culpa de los males mundiales, y proponen soluciones dictatoriales como salida. El Holocausto, el horroroso plan nazi, que exterminó a 6 millones de judíos, un millón de gitanos, miles de discapacitados, y otras minorías, es negado por una multitud de páginas web, que propagan ideas neonazis.

Como lo señalaron los encuestados por PEW, el peligro de que estas y otras falsedades penetren cada vez más las redes sociales, es de extrema gravedad para la subsistencia de la democracia, los derechos humanos, la acción pro ambiental, la salud pública, y otras causas decisivas.

Enfrentar la desinformación requiere regular los medios sociales, blindarlos contra su penetración por bandas mafiosas, generar técnicas para detenerlas (con diseños renovadores, como los de varios países de la Unión Europea, Israel, Canadá y otros), y educar sistemáticamente a las nuevas generaciones en la identificación y desmontaje de las operaciones de falsificación de la verdad, y des democratización.

(*) Bernardo Kliksberg es asesor especial de diversos organismos internacionales.