Tendencias preocupantes

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(*) Por Bernardo Kliksberg

Cada dos minutos muere una mujer durante el embarazo o el parto. Perecen diariamente 800. Con los trascendentales avances médicos, estas cifras debieran ser mínimas. Sin embargo, después de progresos entre el 2000 y el 2020, han crecido. Murieron por esta razón, en el 2020, según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 287.000 mujeres. Fallecen 223 mujeres cada 100.000 nacidos vivos. Eran 211 en el 2017.

Se puede hacer diferente. Hay países que casi han eliminado el problema. A saber: Noruega 2 muertes anuales cada 100.000 nacidos vivos, Finlandia 3, Israel 3, Dinamarca 4, y Suecia 4. Son los lugares más seguros del mundo para dar a luz. También tienen cifras bajas entre otros Francia 8, Alemania 8, Nueva Zelandia 9, Canadá 10.

El panorama de América Latina inquieta. Según las cifras 2017 del Banco Mundial, solo tres países tienen cifras anuales menores a las 28 madres cada 100.000 nacimientos anuales. Son Chile 16, Uruguay 17, y Costa Rica 27. Del otro lado de la tabla estaban con cifras superiores a las 58. Haití 480, Paraguay 129, Guatemala 95, República Dominicana 95, Perú 88, Colombia 83, Honduras 65, Brasil 60, y Ecuador 59. El promedio de toda la región (sacando los países de altos ingresos) era muy elevado, 73.

Acerca de las causas

Las metas de desarrollo sostenible fijadas por la ONU, se proponen reducir en dos tercios la mortalidad materna para el 2030, bajándola a 70 cada 100.000. Parecen muy distantes a la luz de los nuevos datos informados por la OMS y otras agencias que muestran un estancamiento y aún retrocesos en diversas áreas. Ello a pesar de los tan positivos progresos en medicina.

Las problemáticas tendencias recientes están muy influidas por las regresividades en desigualdad y pobreza, que crean altos riesgos para la vida de las madres y los bebés.

Las grandes inequidades tienen expresión aguda en el campo de la salud. La OMS introdujo la idea de “determinantes sociales de la salud”. Son temas no médicos, pero que la afectan decisivamente. Como entre ellos la calidad de la vivienda, la disponibilidad de agua potable, la existencia de instalaciones sanitarias adecuadas, los niveles de polución, y el grado de educación. Las crudas desigualdades actuales en ellos, dejan a las mujeres pobres en condiciones de alta vulnerabilidad en el embarazo y el parto. Se han agravado como consecuencia de efectos especiales de la pandemia, y del cambio climático en las más desfavorecidas. Asimismo, han sido débiles las políticas de salud de diversos países en cubrir serios riesgos de mortalidad materna. Así en América Latina dicha mortalidad creció en un 15% desde el 2016. También en USA, en los sectores más relegados como las madres de color, triplica la de las madres blancas. Por otra parte, las políticas que incrementan el aborto clandestino están dejando su huella en las cifras de mortandad de madres.

Las causas líderes a nivel mundial de estas muertes en gran parte prevenibles son muy concretas: severas pérdidas de sangre, alta presión, infecciones, y complicaciones derivadas de los abortos inseguros.

Los factores mencionados, y otros adicionales, son enfrentables, fortaleciendo la protección social y terapéutica de las madres pobres, implantando el control regular del embarazo, asegurando la atención adecuada del parto. La cooperación internacional, el voluntariado, y la responsabilidad social empresarial pueden ser un aliado muy potente de políticas de salud efectivas.

Los nuevos informes que indican que la mortalidad materna está estancada o crece, deben llamar a la indignación colectiva. Es un escándalo ético y una violación flagrante de los derechos humanos más básicos de las mujeres humildes.

(*) Bernardo Kliksberg es asesor especial de diversos organismos internacionales.